El trabajo como adoración nos desafía a dar a Dios todo lo que como Dios vale. Esto no es solo los domingos, sino 24 horas al día, 7 días a la semana; no solo en el trabajo mental o físico, sino en ambos, renovándonos mentalmente y sacrificando nuestros cuerpos como culto espiritual (Romanos 12:1-2).
Sino adoramos a través de nuestro trabajo, adoraremos el trabajo en sí mismo, o el dinero y el estatus que este aporta; o bien trataremos el trabajo como un mero medio para llegar al descanso o a una jubilación hedonista.